
Firme candidata a mejor película del año, Wall-E no necesita de voces archifamosas para venderse, ni tiene que recurrir a guiños contemporáneos over the top para llamar la atención de su público. La gente de Pixar, una vez más, echa mano a la narración clásica (la sagrada fórmula chico-conoce-chica) y a la más que suficiente historia del cine para conseguir sus recursos. La historia de Wall-E se abre paso bajo el cielo protector del primer Spielberg: aquel espíritu de inocencia y fascinación, cuando la aventura todavía era el fin y no el medio, y no hacía falta recargar de sentidos a historias y personajes.
En vez de la movida muy común en la animación de hoy de “poner algo para cada público” de manera que “los grandes también se diviertan”, Wall-E no discrimina a su público en targets o rangos de edad para saber qué tirarles, cómo atraparlos. En cambio, confía en una buena historia (las clásicas siempre lo son) y en la sabiduría de genios como Chaplin, George Lucas o el viejo Walt (que ahí en su congelado descanso seguro se derrite un poquito de alegría cuando ve Wall-E), porque sí, en Wall-E están Fantasía, Tiempos modernos, y Star Wars funcionando como fuente. Y como viejos presupuestos de la filosofía más confiable a la hora de hacer una película, si se quiere, para todo público: apostar a lo universal en vez de segmentar, ir a los grandes relatos en vez de a la estrategia de “para los chicos los dibujitos y actores reconocido y referencias a la cultura pop para los grandes”. En resumen, apuntar a lo que nos gusta a todos: las buenas historias. O en otras palabras, aplicar la Lógica Yetem: el juego es para todos, de los de 0 a los 99 años.